El río digital y la pertenencia
En épocas antiguas, muy antiguas, en las que aún no existía el correo y no había suficientes pies en el mundo para esculpir caminos en la tierra, los ríos tenían estatus de dios.
No sólo eran la fuente del elixir de la vida, el agua, sino que servían de vía de comunicación entre aldeas muy distantes entre sí. Gracias a ellos se ampliaron nuestros horizontes: el "nosotros" dejó de ser familia para hacerse tribu; luego la tribu se convirtió en clan y el clan se hizo aldea. A la orilla de sus cuerpos serpenteantes florecieron muchas culturas. Grandes civilizaciones nacieron, crecieron y se expandieron a través de sus venas. Después se emanciparon, abandonaron el vientre fluvial y salieron a las praderas, a las montañas y al mar. Debemos mucho a los ríos, aunque lo hayamos olvidado.
Internet es como un río. Un río digital en el que nadan las ideas y en el que cualquiera puede pescar libremente. En un mundo atomizado, pero uniformizado en vertical a través de la televisión, Internet es la amalgama horizontal. La información, el conocimiento, viaja de unos a otros en barca, de ordenador a ordenador, sorteando las lindes del academicismo mediático.
Mashall McLuhan no sabía lo encaminado que iba cuando acuñó el término "aldea global" treinta años antes de la invención de la Red. Hoy, miles de analistas tratan de diseccionar el fenómeno y millones de personas se benefician de él.
Yo soy una de esas personas. Si no fuese por Internet mi vida sería un infierno, y no es una exagereción, ni una metáfora: las personas estamos programadas genéticamente para "pertenecer" a un grupo y buscamos el contacto social antes, incluso, que el alimento. Yo vivo actualmente en un pueblo perdido de Alemania, inmersa en una cultura que rechaza fuertemente la diferencia (no tanto formalmente como de facto). Mi sentimiento de pertenencia, mis lazos con España y con mis amigos en otras partes del mundo, se refuerzan día a día con la interacción digital: con este blog y los comentarios que recibo en él, con Facebook, con Twitter y con los correos electrónicos. Son mi sustituto diario para la sonrisa (o la mueca) del vecino en el ascensor, el café con las amigas o el cotilleo en el patio del colegio; y en la amalgama de medios de pensamiento único, mis ideas y mis inquietudes (que muchas veces mi propia familia no comparte) encuentran comprensión y refrendo en blogs, think tanks "virtuales" y foros donde se dan cita personas de todo el globo.
Hoy, Internet nos da la oportunidad de relacionarnos y diseminar ideas, traspasando los pequeños límites de nuestra aldea, como hicieron los ríos antes de que esta sociedad postindustrial y ultrafinanciera se olvidase de ellos. A mí me han enseñado a ser agradecida:
¡Gracias ríos!
¡Gracias Internet!
No sólo eran la fuente del elixir de la vida, el agua, sino que servían de vía de comunicación entre aldeas muy distantes entre sí. Gracias a ellos se ampliaron nuestros horizontes: el "nosotros" dejó de ser familia para hacerse tribu; luego la tribu se convirtió en clan y el clan se hizo aldea. A la orilla de sus cuerpos serpenteantes florecieron muchas culturas. Grandes civilizaciones nacieron, crecieron y se expandieron a través de sus venas. Después se emanciparon, abandonaron el vientre fluvial y salieron a las praderas, a las montañas y al mar. Debemos mucho a los ríos, aunque lo hayamos olvidado.
Internet es como un río. Un río digital en el que nadan las ideas y en el que cualquiera puede pescar libremente. En un mundo atomizado, pero uniformizado en vertical a través de la televisión, Internet es la amalgama horizontal. La información, el conocimiento, viaja de unos a otros en barca, de ordenador a ordenador, sorteando las lindes del academicismo mediático.
Mashall McLuhan no sabía lo encaminado que iba cuando acuñó el término "aldea global" treinta años antes de la invención de la Red. Hoy, miles de analistas tratan de diseccionar el fenómeno y millones de personas se benefician de él.
Yo soy una de esas personas. Si no fuese por Internet mi vida sería un infierno, y no es una exagereción, ni una metáfora: las personas estamos programadas genéticamente para "pertenecer" a un grupo y buscamos el contacto social antes, incluso, que el alimento. Yo vivo actualmente en un pueblo perdido de Alemania, inmersa en una cultura que rechaza fuertemente la diferencia (no tanto formalmente como de facto). Mi sentimiento de pertenencia, mis lazos con España y con mis amigos en otras partes del mundo, se refuerzan día a día con la interacción digital: con este blog y los comentarios que recibo en él, con Facebook, con Twitter y con los correos electrónicos. Son mi sustituto diario para la sonrisa (o la mueca) del vecino en el ascensor, el café con las amigas o el cotilleo en el patio del colegio; y en la amalgama de medios de pensamiento único, mis ideas y mis inquietudes (que muchas veces mi propia familia no comparte) encuentran comprensión y refrendo en blogs, think tanks "virtuales" y foros donde se dan cita personas de todo el globo.
Hoy, Internet nos da la oportunidad de relacionarnos y diseminar ideas, traspasando los pequeños límites de nuestra aldea, como hicieron los ríos antes de que esta sociedad postindustrial y ultrafinanciera se olvidase de ellos. A mí me han enseñado a ser agradecida:
¡Gracias ríos!
¡Gracias Internet!

Comentarios
Los tiempos cambian para bien o para mal
Que sepas que aunque tenéis pocas noticias nuestras, nos acordamos de vosotros, y leo todos tus textos... Lo mío no es la socialización (aunque me gustaría), y aún menos por internet, pero me permite tener noticias de vez en cuando que me impiden perder completamente el contacto. Un beso a todos
Elena (de Suiza)