Lo que hay que hacer


Llevo varios días malos, enfrascada en esa lucha eterna entre los QUIERO y los TENGO QUE que tantos disgustos me ha dado siempre. Mi madre debe de ser un poco adivina porque ayer, en una conversación relámpago al teléfono, ignorante de mis inquietudes, me soltó un: "tú lo que tienes que hacer es..." y luego se sorprendió de que aquello me arrancase un comentario jocoso.
Es un recurso muy utilizado, el "TÚ LO QUE TIENES QUE HACER ES...". Es una manera muy fácil de arreglarle los problemas al prójimo. Lo hacemos todos. Cuando soltamos un "tú lo que tienes que hacer" nos parece que hemos hecho algo para ayudar. Es más, en ocasiones lo planteamos como antesala de un éxito seguro. Da igual lo que propongamos: si es pertinente, o adecuado; si es, incluso, factible...
En mi caso, lo que TENGO QUE HACER es "ser profesora de español". Aparentemente, muchos de los españoles que viven en Alemania se dedican a eso. Sobre todo las mujeres (aquí habría que hacer un análisis sociológico al respecto: sería jugoso). Y yo, en mi línea de rebelde, quejica y amargada, no quiero ser profesora. Lo he hecho, sí. Pero no lo he disfrutado especialmente. Y tenemos sólo una vida, qué quieren que les diga.
A mí el español me gusta para utilizarlo como escalpelo. Es el bisturí con el que abro las tripas de la vida. Es lo que mejor hago (si es que eso significa algo). Es el traje que mejor me sienta, aunque hasta ahora no lo haya podido lucir en ninguna pasarela importante (aparte de mi cuarto de estar). Y no tengo paciencia para enseñarlo. Yo quiero construir mundos con él, o recrear la vida. Retorcerlo hasta que diga lo que siento, escurrirlo hasta la última gota de significado, estirarlo para construir un puente de evocaciones, de sensaciones compartidas, entre tú (lector) y yo.
Es lo que soy. Aunque fracase.

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