Qué lindo, «el Antonio»

  Hace unos años, cuando Gonzalo aún era pequeño —como si ahora fuese muy grande…— leía todas las revistas de «bebés» que caían en mis manos: «Ser padres», «Crecer», «Padres de hoy», «Guía del niño»... Daba igual en alemán que en español, creo que todas han caído alguna vez en mis manos, siempre que la portada llevase algo que llamase mi atención. Luego todo eran decepciones, claro, porque eran pura publicidad y la calidad de la información dejaba mucho que desear. Pero una de ellas —no recuerdo cual— destacaba en mis preferencias porque, en la última página, recopilaban chistes, ocurrencias y monadas de los niños que leía con devoción. Hubo una, especialmente, que ha quedado para siempre en nuestro acervo familiar, la de un crío de cinco años que le explica a su tía que el Antonio viene porque las hojas se caen. Y su tía le pregunta: «¿Y quién ese ése Antonio?». Y el crío le responde, : «Pues ¿quién va a ser? El invierno, el verano, el Antonio…».


El cubo, la pala y el rastrillo no sólo son para la playa... :)

  A mí me encanta, «el Antonio». Es un señor maduro, con la barba entrecana, que se pone un forro polar y las botas de montaña, agarra su bastón y una cesta y sale a buscar setas al monte en un domingo de sol. Es una señora elegante, aún de buen ver, que lee un libro junto a la ventana, con un té caliente y una manta de cuadros como único escudo frente a la corriente que entra por debajo de la puerta. Es un ciervo que corre entre las hojas doradas del bosque, un puercoespín que sale en busca de comida antes de que llegue el invierno, una bandada de gansos que vuela hacia el sur, una Amanita Muscaria que nace, solitaria, en medio del jardín.
  «El Antonio» es un verano tardío al que ya no le quedan fuerzas, una estación de tránsito en el ferrocarril que lleva a la siguiente primavera, el fin de un ciclo y el vaticinio de una nueva oportunidad: un instante para atesorar lo vivido, lo cosechado, lo aprendido, guardarlo en el corazón mientras duren los fríos y nutrirnos de ello mientras esperamos el próximo rayo de sol.
  «El Antonio» me gusta, a pesar de, o precisamente por, que en Madrid no teníamos «Antonios», o eran demasiado cortos. Me gusta «el Antonio» alemán —podría llamarse «Herbert»—, que dura tres meses y que se despereza antes de irse a dormir su larga siesta invernal. Sé que «el Antonio» está empezando a dar las primeras cabezadas cuando mi jardín se cubre de hongos y de hojas. Es ahora, a finales de noviembre, cuando el árbol que monta guardia en nuestra casa decide sacudirse el polvo del estío, de repente. Y es ahora cuando, rastrillo en mano, «el Antonio» y yo tenemos nuestros más y nuestros menos: yo recogiendo hojas, y él tirándomelas a la cara. Pero no se lo tengo en cuenta: mientras no me pueda el lumbago, recogeré con abnegación sus restos —sus kilos y kilos de restos— en el cubo de la basura biológica o en un montón de mantillo. Y luego celebraré mi victoria sobre el caos como merece tan ilustre contrincante: con un café con leche, caliente, junto a la ventana, contemplando lo precioso que está el jardín cuando viene «Antonio». ¿Os apetece una taza?

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