La importancia del primer día

A veces me quejo de este país de teutones cuadriculados, pero otras me alegro de tener experiencias nuevas y diferentes, algunas tan bonitas como la que vivimos ayer, primer día de escuela de Gonzalo (sí: 7 de agosto, y sí: sábado).
Y es que en Alemania se ve, se palpa y se huele ese espíritu sajón de hacer una fiesta de cualquier acontecimiento. No fiestuqui, ni pachanga, ni juerguita, como en España, que rápidamente nos apuntamos a cualquier saráo improvisado, no, no... Lo de ayer fue uno de esos acontecimientos planificados y organizados que requieren cierto nivel de esfuerzo y que le dan a uno la sensación de ser importante.
La cosa comienza con las reuniones preparatorias: en junio los niños tuvieron un encuentro para conocer a sus futuros profes y compis y luego hubo otra reunión para que los papás sepan cómo funciona la escuela.
Luego sigue con los preparativos del hardware: libros, cuadernos, carpetas... Todo con unas directrices muy específicas y todo marcado con el nombre (sí, sí, hasta cada lápiz debe ir identificado). Hay que procurar llevarlo con antelación, para que el niño se lo encuentre ya en la clase.
Después está la "Schultüte", que es un cucurucho gigante que se llena con golosinas y juguetitos y que se deja el día anterior en el pupitre del niño para que lo encuentren en su primer día. Eso ya supuso una preparación de meses: hay gente que lo diseña y lo elabora personalmente, pero como yo no sabía ni por dónde empezar, lo encargué a una señora que cose de maravilla (los hay también de cartón, pero el nuestro es de tela).
Y por último llega el acontecimiento propiamente dicho, al que está invitada toooooda la familia: en sábado, para que no haya otros niños en el cole, con misa mañanera (a las 08:45 en la iglesia), con viaje en bus para dotarlo de más intríngulis, con representación de una pequeña obra de teatro por parte de los de 4º (los mayores), con la ceremonia de llamarlos uno a uno para ponerse en fila e ir a su primera lección y, cuando ésta ha terminado (los papis tenemos bebidas y pasteles de piscolabis mientras ellos en la clase juegan y alucinan con los cucuruchos), con la foto de recuerdo.



Hizo sol y calor y hubo buen ambiente: ¡Hasta nos encontramos con nuestro antiguo casero (sí, su hija va a clase con nuestro hijo) que nos pidió disculpas por su comportamiento!
Pero lo más importante, es que Gonzalo se lo pasó genial y es un ejemplo de niño satisfecho y seguro de sí mismo.
Yo creo que merece la pena invertir tanto esfuerzo en hacerles saber que nos importan mucho, ¿no os parece?
Besos.

Comentarios

Tato Diego ha dicho que…
Buenas!!

Si orgulloso se ve al enano, me imagino como estarían sus papis!! Y su hermanito pequeño queriendo imitarle!!

Cómo pasa el tiempo!! Si parece que fue ayer cuando corria por los pasillos como un loco con las cajas de dodotis!! Jejeje!!!

Enhorabuena Gonzalo!!! Ya sabes que tu Tato siempre está muy orgulloso de ti!!

Besotes Para Los Diez!!!
YPEECPMS!!!

P.D.: Esconde bien la bolsa de chuches porque sino Lucas se los comerá todos!! Jejeje!!!
Unknown ha dicho que…
Que bonito lo que has escrito hoy: muy emocionante, se me erizaba la piel al leerlo.
Besos
Pau Jordi ha dicho que…
Eso no es un cucurucho,, es el padre de todos ...

Asi da gusto ir a clase :)

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