Un topo en el jardín

A pesar de la época en la que estamos, o precisamente por ello, se nos ha llenado el césped de montañitas arenosas. Digo yo que serán los últimos intentos de nuestros amigos los topos por hacer acopio de víveres para el invierno, porque cuando llega el frío suelen irse a mayor profundidad y ni se ven, ni se les nota.
Creo que se trata del mismo ejemplar al que ya echamos el ojo a finales de la primavera, cuando se quedó atrapado en uno de los tragaluces del sótano. Me llevé un susto morrocotudo, porque pensé que era un ratón, de tan pequeño y gris como era pero, como muy bien observó Pablo (que estaba bastante más calmado que yo), no tenía cola y era demasiado oscuro para ser un roedor.
Nuestro simpático visitante perdido era, pues, un topo de unos ocho o nueve centímetros de largo: un adulto joven (estos animales tan simpáticos como laboriosos suelen ser pequeños). Al día siguiente ya no estaba, así que supusimos que había encontrado la salida por sí mismo y se había ido a otros prados más verdes, porque no volvimos a verlo.
Pero ahora ha reaparecido. Y ha debido de crecer de lo lindo este verano, porque con bríos renovados nos está estropeando el único trozo de jardín decente que nos quedaba. Gracias a la tala desaprensiva de árboles que hizo el dueño al poco de mudarnos, en la zona próxima a la terraza sólo crecen las malas hierbas entre la montaña de agujas y las raíces de las enormes coníferas que allí había, así que se está cebando con los gusanos de la parte más sana, la más próxima a la entrada.
En fin. Una peculiaridad más que añadir a nuestro alquilado terruño.
Besos.

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