Crisis otoñal
No sé si se debe al cambio de horario que hemos sufrido esta semana, pero el otoño me corre por las venas como un topo por sus galerías en busca de gusanos frescos. Y no lo digo como algo agradable, ni romántico, ni pensando en lo estupendo que es pasar una tarde sentada junto a la ventana, contemplando la lluvia en plan cursi mientras me tomo una taza de chocolate caliente... ¡¡NO!!
Lo digo como vivencia intensa de la crisis en estado puro, la metamorfosis impúdica de la naturaleza decadente, la transición inevitable al estado de letargo invernal y, en fin, lo digo como declaración oficial de mi coyuntura anímica: esta estación me provoca humores diversos.
Y hasta contradictorios.
Pero no estoy sola en la confusión y el caos. La naturaleza también se hace un lío con los indicios climáticos de la temporada: ¿estamos aún en verano?, ¿vino ya el invierno?
Tengo un par de rosas amarillas que creen que pueden retar a las escarchas matutinas y unas siemprevivas que hacen honor a su nombre entre ortigas con una desvergüenza asombrosa.
Y sin embargo, el frente de árboles que adorna la entrada al pueblo amarillea; setas, hongos y otras posibles viviendas de seres fantásticos proliferan en el césped sobre el humus de las hojas en descomposición; el seto adolece de calvicie estacional incipiente y yo también, que no paro de barrer pelos en el cuarto de baño.
El otoño es un asco. Pero tan bello y sorprendente...
Besos.
Lo digo como vivencia intensa de la crisis en estado puro, la metamorfosis impúdica de la naturaleza decadente, la transición inevitable al estado de letargo invernal y, en fin, lo digo como declaración oficial de mi coyuntura anímica: esta estación me provoca humores diversos.
Y hasta contradictorios.
Pero no estoy sola en la confusión y el caos. La naturaleza también se hace un lío con los indicios climáticos de la temporada: ¿estamos aún en verano?, ¿vino ya el invierno?
Tengo un par de rosas amarillas que creen que pueden retar a las escarchas matutinas y unas siemprevivas que hacen honor a su nombre entre ortigas con una desvergüenza asombrosa.
Y sin embargo, el frente de árboles que adorna la entrada al pueblo amarillea; setas, hongos y otras posibles viviendas de seres fantásticos proliferan en el césped sobre el humus de las hojas en descomposición; el seto adolece de calvicie estacional incipiente y yo también, que no paro de barrer pelos en el cuarto de baño.
El otoño es un asco. Pero tan bello y sorprendente...
Besos.

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