Fantasía e imaginación
Hoy he visto en internet un precioso reportaje sobre un gran escritor de nuestro tiempo: Ramiro Pinilla, recomendado por otro gran escritor, Juan Gracia Armendáriz. He disfrutado mucho con su sencillez, me ha encantado la forma en la que explica cómo (mientas escribía Las ciegas hormigas) cada día leía una página de Faulkner antes de comenzar a escribir para "coger la música" y que (aún) está planificando locuras...
Me ha entristecido mucho, sin embargo, el desprecio en su voz cuando habla de la diferencia entre fantasía e imaginación. Dice Pinilla: “Yo uso, exploto la imaginación. Ahora… No toco para nada la fantasía: es una locura, es una demencia… La fantasía es una señora, bruja, volando con una escoba. Vives en la fantasía, la escribes o lo que sea y luego no puedes regresar a la realidad. Con la imaginación siempre puedes, perfectamente, regresar a la realidad”.
Yo soy de las que creen que la literatura es un arte. Como cualquier otra forma de arte, su calidad no debería medirse por la temática, o por la técnica. Excluir la buena fantasía de la literatura sería como eliminar la obra de Picasso, Miró o Dalí de la pintura. ¿Acaso desdeñamos ahora a Dickens, a Poe, a Oscar Wilde, a Orwell, a…? ¿Es que sus obras no han sobrevivido a los embates del tiempo, a la prueba de fuego de los años y las modas?
La fantasía no es sólo una bruja en una escoba.
De las dos, imaginación y fantasía, sólo ésta última personifica inequívocamente el espíritu de la literatura, su origen y su esencia. Porque la imaginación, además de literaria, es científica cuando permite a los investigadores plantear teorías que luego demostrarán con la experiencia; también es política, cuando facilita a los gobernantes buscar soluciones prácticas a los problemas que nos acucian y es filosófica cuando ingenia un mundo mejor al tratar de discernir las claves para comprender el comportamiento humano.
La fantasía, en cambio, es la única puramente literaria. La fantasía fue la madre de la literatura: la engendró, la llevó en su vientre y, cuando maduró, la parió en forma de palabras y se hizo mito para explicar el mundo, en todos los lugares y en todas las lenguas. Luego se hizo epopeya (la Ilíada, la Odisea), y leyenda (las Sagas islandesas, El rey Arturo, Las mil y una noches) y cuento (El gato con botas, Caperucita). Convivió sin problemas con la novela picaresca y la de aventuras, con El Quijote y con Hamlet. Nunca se confundió con los tratados de ciencia, ni con la filosofía. Pero la literatura creció, como el hombre, y se volvió ilustrada e industrial; renegó de su pasado, de su origen; se creyó hija del academicismo y se puso un corsé. Y entonces se volvió realismo, hiper-realismo, ensayo y artículo de opinión. Sin querer, también se volvió recetario y libro de autoayuda. Y en ese momento la fantasía se desechó como un trapo viejo: insultada, denigrada… Expulsada del olimpo de lo literario de pro, donde sólo parece tener cabida la literatura testimonial y sus aledaños.
¿Nos hemos olvidado de que con los mitos se forma el carácter, con las leyendas se aprenden los esquemas de la vida y con los cuentos se discierne el bien del mal? No habríamos sido niños sin creer en esas señoras que vuelan en escobas. Quizá habríamos sido adultos tristes en cuerpos muy pequeños, pero no niños. Desconfiaría de un adulto que en su infancia no hubiese creído nunca, siquiera por un momento, en la madrastra de Blancanieves o en el ratoncito Pérez.
En el instante en que los Reyes Magos, Supermán, las hadas y los dragones se desechan como juguetes viejos — y los almacenamos en el mohoso desván de la memoria—, la vida se vuelve un poco más amarga y entonces nos convertimos en adultos. Y decimos cosas como que la fantasía es de locos, o que es una demencia. O que deforma las mentes de los niños o que no es literatura de buena calidad.
En cuanto a lo de no ser capaz de volver a la realidad… Yo escribo fantasía y tengo dos hijos. Y hasta ahora distingo perfectamente entre un libro de conjuros y uno de recetas. Pero mis niños ríen con todas sus fuerzas cuando les digo que les voy a preparar estofado de ojos de serpiente en pepitoria.
En un mundo contaminado, donde nadie se asombra ya de nada, donde la mediocridad es el filtro del "famoseo" y donde lo bueno y lo malo se miden en gradientes indistinguibles de gris, los únicos héroes sin mancha que quedan ya para mis niños se refugian en los cuentos de hadas. No seré yo la que les impida salir a buscarlos, ni la que escupa en la cara de un nuevo Homero, o una nueva Miss Shakespeare, sólo porque escriban acerca de hombres invencibles, dioses desencantados y traviesos duendecillos. Yo, en lo que pueda, colaboraré para que los dragones se mantengan vivos y las brujas sigan volando en sus escobas.

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