Limpieza y depresión

Facebook es un filón. Para su creador y para mí. Para él porque se ha forrado. Para mí, porque es una fuente cuasi-inagotable de anécdotas y reflexiones.
El otro día, sin ir más lejos, tenía una solicitud de amistad de una persona que no conocía. Curiosa, fui a su perfil por si podía averiguar más cosas acerca de ella (entre otras, por qué razón habría solicitado mi amistad). Era una señora de Filadelfia, EE.UU., algo mayor que yo, que había vuelto recientemente a estudiar en la universidad. Entre sus páginas favoritas había varias relacionadas con grupos cristianos pero, lo que más me llamó la atención, fue que había colgado en su muro el siguiente enlace:

How keeping a clean house helps depression

"Cómo mantener una casa limpia ayuda a la depresión".

Mi primera reacción fue: ¿Ein? porque no podía creer que una norteamericana cristiana, fundamentalista por definición, estuviese de acuerdo conmigo. Pero luego, llena de esperanza y regocijo poco cristianos, pinché el enlace... Y entonces comprendí que lo que la frase quería expresar no era "limpiar provoca depresión", sino que "limpiar ayuda a aliviar la depresión"... ¡Qué chasco!
El artículo tiene miga, porque son dos los argumentos que esgrimen para hacer una aseveración tan brillante (por lo limpia):

1. Limpiar alivia la depresión porque obliga a realizar una actividad y salir del sopor. Y, en ese caso, digo yo, ¿no valdía igual darle al macramé?

2. La limpieza es más higiénica e inspira pensamientos positivos y el caos y la porquería provocan malestar emocional. Nada de eso. Cuando mi QE y yo vivíamos en Madrid, en plan parejita, fuimos muy felices ignorando la acumulación de polvo en las estanterías. Y siempre, siempre, tuvimos una relación muy cordial con las pelusas que se amontonaban en los rincones.

Vaya por delante que nunca me ha entusiasmado limpiar y que puede que mi psique esté negativamente predispuesta ante el mocho y la escoba. Pero que no me vendan la moto de que ser la chacha del hogar quita la depre.
Cuando, enguantada y despeluchada, cojo el estropajo y miro el inodoro me dan ganas llorar. Y cuando, recién pasada la aspiradora, llegan mis niños de la calle llenos de barro, la tristeza que me inunda el corazón sólo es comparable (y directamente proporcional) al amor que les tengo.
Y en esos momentos en que se establece un duelo a muerte entre la mugre y yo (imagináos a Gary Cooper en Solo ante el peligro) veo pasar mi vida ante mí y pienso en los años que perdí estudiando, memorizando tediosos e inútiles temarios para los exámenes, perdiéndome innumerables fiestuquis porque estaba invirtiendo en un futuro prometedor...
Un futuro de plumeros, trapos y cepillos que, digan lo que digan, no quitan la depresión.
Besos.

Comentarios

Pau Jordi ha dicho que…
Yo no tengo una relación tan mala con el mocho, mas o menos se que estoy en la parte buena de la depre cuando me doy cuenta que cuesta entrar en mi habitación sin dejar huella y me pongo a limpiar, ordenar y tirar todo lo que no he hecho durante el ultimo tiempo.
Cosa que también hace que dedique mis fuerzas a algo que no es lo que tendría que hacer, pero tengo como excusa que es para tener limpio el lugar de trabajo.

Si te sirve de consuelo la gran mayoría de los universitarios tienen que coger el mocho como todo hijo de vecino con estudios o no.

pd Me he quedado sin saber de que te conocía la susodicha.

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