Una de mejillones

Esta mañana pasé un buen rato frente a los fogones, preparando una maravillosa salsa de tomate para los mejillones que compramos el otro día. Nos las imaginábamos tan felices, con nuestro plato repleto, regado con abundante y deliciosa salsa… Pero resultó que, después de hacerlos al vapor, tuvimos que desechar más de la mitad por que tenían mal aspecto. Y no nos quisimos arriesgar. Ya estuve una semana en cama hace un año por comerme unos en mal estado…
El problema fue que, como todos los maravillosos frutos que nos da la mar son difíciles de encontrar frescos en estas tierras, tenemos tendencia a reservarlos para momentos especiales (como, por ejemplo, un sábado). Desgraciadamente, el momento “especial” de estos mejillones se había pasado hacía unos lustros. De modo que allí se fueron, a la basura biológica, todos juntos en negra procesión, con sus cáscaras lisas y brillantes en una montaña de triste apariencia… La salsa, eso sí, nos ha salvado la comida. Con ella y un par de humildes huevos fritos hemos resuelto el problema.
Conclusiones:
  • No hay que fiarse de los mejillones.
  • Siempre es bueno tener un par de huevos a mano (por si acaso).
  • Siempre son los más humildes los que te sacan de un apuro.
  • Hay que consumir los alimentos frescos cuanto antes.
  • Hay que darse un homenaje cualquier día de la semana: la próxima vez será un miércoles.

Besos a tod@s

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